
Desde que René Descartes nos la partió (literalmente) en el siglo XVI, el mundo no volvió a ser el mismo en muchos sentidos. Uno de ellos, del que hoy quiero hablar es el haber contribuido a que tuviéramos una visión dual del sujeto. Resulta que de acuerdo con lo que planteó (y por supuesto otros contemporáneos suyos) el individuo dejó de verse más o menos como hasta entonces se le concebía, y se planteó una distinción entre cuerpo y alma como si fueran dos planos separados. A partir de entonces, decía, empezamos a mirarnos a nosotros mismos y a las personas que nos rodean de esa manera, tanto que es más o menos común y corriente hablar de la mente, del alma, del espíritu, del interior sin que hagamos alusión al resto del sujeto.
Por supuesto que en ello tuvo un papel fundamental el cristianismo, pues parte de sus enseñanzas precisamente van en ese sentido, en tratar el cuerpo como una envoltura temporal, de algo que es verdaderamente trascendente, el espíritu.
Y me dirán con razón, “¿a dónde quieres llegar con esto?” Me parece que esto es muy importante en la época actual pues es en nuestros tiempos cuando se ha vuelto esto un asunto de discusión cotidiana. La preocupación por el cuerpo y lo que podemos hacer con él es posible porque hemos aprendido a verlo como algo “nuestro”, como decir, mi casa, mi coche, mi ropa, que podemos modificar, restaurar, intervenir, pintar, hasta deshechar si así queremos hacerlo, porque finalmente es algo que nos pertenece.
Pero por supuesto esto tiene otras implicaciones: una de ellas es que nos relacionamos con los otros a partir de esa premisa y decimos “lo importante es lo que llevas dentro”, “lo de afuera se acaba pero el interior permanece”, etcétera, como si desde chiquitos pudiéramos mantenernos intactos en nuestro pensamiento y simplemente se tratara de darle mantenimiento a la carrocería para que se mantenga en buen estado.
Y eso tiene muchas otras consecuencias, por ejemplo, decir que mi cuerpo no habla de mi porque yo soy el que esta adentro, no la imagen que mi cuerpo representa. Gracias a estas concepciones del individuo es que hemos logrado llegar a un nivel sofisticado de transformación corporal por medio de las cirugías estéticas, anabólicos, pero también tatuajes, pircing y tantas otras cosas.
Hemos aprendido a separar al sujeto y decimos que nos gusta su cuerpo o su forma de ser, pocas veces decimos que nos gusta fulanito sin hacer estas aclaraciones. Si nos referimos al cuerpo de alguien necesariamente tiene una connotación sexual, pero si decimos que nos cae bien casi de inmediato entendemos que eso no se refiere a lo sexual.
Por ello solemos dividir a las personas en dos rubros: las que entran dentro del cajón de las posibilidades sexuales y el resto. No nos podemos imaginar revolviéndolas, cada una en su lugar. “¿Cómo me voy a acostar con mi mejor amigo? De él me interesa su interior” y por el contrario pensamos que sólo nos puede llamar la atención el interior de la persona amada con quien por supuesto si podemos relacionarnos sexualmente. Esto entre otras cosas lleva a que cuando nos acostamos con una persona que no va a ser nuestra pareja pensemos que se volvió imposible desarrollar otra clase de relación, ya se echo a perder la cosa. Por el contrario si queremos a alguien, si le cobramos afecto, si aparece una amistad realmente importante, suponemos que el sexo con esa persona se volvió imposible.
Condenado René, las consecuencias que tuvo su propuesta jajaja, ni modo, pero lo que si se puede hacer es tratar a los demás y a nosotros mismos como sujetos íntegros, no como si fuéramos a la carnicería a comprar retaso con hueso, pero tampoco olvidándonos de que en el sujeto se materializan muchas de las normas sociales a través del cuerpo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario