domingo, 10 de junio de 2007

Es oficial, estoy vivo

Creo que una de las mayores pruebas de ello es que mi corazoncito sigue saltarín. A veces se azota, a veces brinca risueño pero es claro que no se está quieto. De mis sentimientos yo me hago cargo, pero también soy yo quien los disfruta. Entre querer y ser querido por supuesto prefiero llevar la parte activa, porque eso nadie me lo puede quitar. Si sólo soy querido pero yo no albergo ese sentimiento, es algo que no alegra demasiado a mi corazón. Por supuesto puede estar contento con ello y dar unos brinquitos, pero realmente lo que lo hace entrar en una actividad de intensa alegría es poder sentir eso por alguien.

Por supuesto las razones son distintas y por eso mi corazoncito bailador se ha aprendido distintos pasos. Las alegrías que me dan mis alumnos lo hacen bailar como en la disco, punchis punchis; las que me da mi familia podría parecerse más a un baile regional, pero las que me dan los hombres, eso si que es otro mundo, eso es como cuando encuentro a una pareja para bailar salsa, vallenato, cumbia y cha cha cha, jajajajajaja.

Hoy estoy contento porque descubrí todas estas cosas. Porque no importa lo que pase mi corazoncito se ha echado una bailada de esas que son poco frecuentes.

Para seguir con la metáfora, me gustaría que siguiera la bailada, como cuando vas a una fiesta y te la estás pasando tan chido que no quieres que se acabe.

Lo más triste que me puedo imaginar en ese sentido es que no haya fiesta: Cuando la fiesta es breve pues ya ni modo, pero lo bailado nadie te lo quita; pero cuando no hay fiesta es como en las películas cuando está la escena del enfermo en el hospital y se oye el sonido del aparato que mide la actividad cardiaca que hace piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii ya se sabe que hasta allí llegó el fulano.

Yo veo a muchos de mis colegas que, como se suele decir, se vuelven vacas, unas más sagradas que otras, pero vacas al fin. Dejan de ser seres de este mundo, han llegado a un plano superior que los aleja tanto de este mundo terrenal que no me quiero imaginar lo triste que debe ser llegar ahí, donde nadie los alcanza, donde nadie los merece.

Prefiero ser de este mundo y, como en mi infancia, caerme y rasparme las rodillas y los codos, andar con la carita mugrosa de limpiarme el sudor con las manos que jugaron con la tierra; prefiero sentirme vivo aunque a veces me desespere, me ponga triste, suelte una que otra lagrimita. No cambiaria eso por nada:

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me dio dos luceros que, cuando los abro,
perfecto distingo lo negro del blanco,
y en el alto cielo su fondo estrellado
y en las multitudes el hombre que yo amo.


Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el oído que, en todo su ancho,
graba noche y día grillos y canarios;
martillos, turbinas, ladridos, chubascos,
y la voz tan tierna de mi bien amado.









Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el sonido y el abecedario,
con él las palabras que pienso y declaro:
madre, amigo, hermano, y luz alumbrando
la ruta del alma del que estoy amando.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la marcha de mis pies cansados;
con ellos anduve ciudades y charcos,
playas y desiertos, montañas y llanos,
y la casa tuya, tu calle y tu patio.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me dio el corazón que agita su marco
cuando miro el fruto del cerebro humano;
cuando miro el bueno tan lejos del malo,
cuando miro el fondo de tus ojos claros.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto.
Así yo distingo dicha de quebranto,
los dos materiales que forman mi canto,
y el canto de ustedes que es el mismo canto
y el canto de todos, que es mi propio canto.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Violeta Parra (1964-1965)

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