Hoy recibí una muy triste noticia. Un joven gay de 26 años de edad murió mutilado y asesinado a manos de su ligue.
Independientemente de las circunstancias que pudieran rodear este caso, no deja de hacerme reflexionar acerca de nuestra vulnerabilidad. Como sujetos de paz solemos actuar confiadamente esperando encontrar alguien con quien podamos pasar un momento alegre, divertido y eventualmente engancharnos también en el plano afectivo. Salimos con el chico que conocimos, lo invitamos a subir al auto, a ir a la casa sin ninguna precaución. Al menos deberíamos presentarlo con nuestros amigos, hacer evidente que la gente que nos rodea sabe con quien nos hemos ido.
En este momento más que pensar en el castigo que un acto así debiera de tener, me parece que nuevamente tendríamos que reflexionar acerca de quienes somos y cómo nos ve la sociedad que nos rodea.
Creo que tendríamos que empezar por darnos cuenta, principalmente los jóvenes gay, de que es una falacia creer que vivimos en un mundo en el que hemos logrado conquistar plenamente nuestros derechos. Muchos creen que el hecho de tener muchas discotecas y poder pasear de la mano con nuestra pareja por la Zona Rosa quiere decir que somos aceptados.
Indudablemente las cosas han cambiado en las últimas décadas. Efectivamente ha habido avances importantes, pero a muchos se les olvida o no se han enterado, que esos pequeños logros son producto de una ardua lucha contra la intolerancia, contra la homofobia.
La marcha anual, demás de ser un día de fiesta para nosotros, es un acto político de visibilidad, de expresión de las demandas justas por las que tendremos que seguir luchando a brazo partido, si queremos lograr un día ser reconocidos por una sociedad que se ha empeñado en que todos debemos ser heterosexuales.
Lamentablemente hay muchas voces poderosas que siguen instigando el odio hacia nosotros, empezando por la iglesia católica y muchos de sus seguidores como la tristemente famosa Asociación Nacional de Padres de Familia, Provida y tantos otros grupos que preferirían que desapareciéramos del mapa.
Considero que tenemos que tomar conciencia de que además de divertirnos, de amar a nuestra pareja, a nuestros amigos, tenemos que hacer de nuestros actos cotidianos una forma de expresión, que los que nos rodean también tomen conciencia de que somos seres humanos con defectos y virtudes. Es una lucha dura y a veces dolorosa, pero si logramos que quienes nos rodean, nuestros amigos, nuestros familiares, nuestros compañeros de trabajo sepan que como gays somos seres humanos, que valemos por el simple hecho de serlo, aportaremos a avanzar en la construcción de una sociedad más justa y democrática.
En esta época, más que en cualquier otro momento la visibilidad es nuestra arma, y aunque también nos pone en el blanco de nuestros detractores, solamente haciéndonos visibles, señalando cotidianamente el valor de la diversidad, podremos lograr que terminen esos crímenes de odio. La tarea es de todos y cada uno de nosotros. No es fácil, pero sólo así haremos que nuestros allegados comprendan el daño que causa un chiste, un comentario hiriente. Hagamos que se acaben, al menos a nuestro alrededor todas esas ideas que alimentan el odio, el desprecio y el rencor.
Nuestra tarea es educativa, enseñemos con nuestros actos y nuestras palabras que no hay motivo de temor, que no somos depredadores sexuales, que somos simplemente como cualquier otro sujeto y que por lo tanto merecemos respeto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario