martes, 5 de junio de 2007

Un beso

Un beso verdaderamente es una de las cosas más deliciosas que hay. En un beso se conjugan muchas cosas, muchos deseos, muchas sensaciones. En un beso se ponen en contacto nuestros sentidos: podemos degustar a la persona con la que estamos, podemos recoger su sabor, beber y comernos al otro.

Sentir su lengua retozando con la mía, tratar de apropiármela con los labios, con los dientes, no dejarla que se escape. Es esa una de las sensaciones más extraordinarias que van acompañadas por supuesto de un gusto por la otra persona. El beso así, no es un acto inocuo, no es algo que obsequiemos a cualquiera. Dar un beso implica, al menos, que nos resulta grata la otra persona, que nos sentimos a gusto con ella, que podemos tener esta clase de acercamiento íntimo en el cual no sólo se ponen en contacto los labios sino que estos son una representación del sujeto que ha llamado nuestra atención.

Además el beso nos permite no sólo gustar y sentir, ese acercamiento íntimo nos permite también aspirar el aroma de esa persona, nos podemos acercar así a ese sujeto que nos atrae, y cuya atracción ha pasado naturalmente por la mirada. Como dice una amiga, es ese hombre que nos llena el ojo, cuyo rostro, cuerpo, andar, moverse, nos gusta de alguna manera.

Finalmente el sonido de las bocas cuando se estrechan alimenta ese deseo y ese gusto por el otro. Escuchar su respiración que se va acelerando, el sonido de su lengua, de sus labios, de sus dientes cuando se ponen en contacto con los míos, hace que crezca la sensación de goce, de plenitud que me transmite un beso en los labios.

No sé cuál sea su origen pero no cabe duda de que es una de las más extraordinarias experiencias que hemos aprendido a compartir como ninguna otra pues como en ningún otro acto, este requiere de dos y sólo de dos.

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