Digamos que en términos generales de esto se trata y sin embargo tiene mucho más fondo de lo que pudiera creerse a simple vista.
En primer lugar, de lo que nos está hablando esta distinción es de la manera en que nos hemos acostumbrado a valorar nuestra sexualidad entre hombres, como la que se ejerce a través de éste pequeño apéndice, pero al cual le hemos dado un valor simbólico que se pierde en la historia de la humanidad, y que además valoramos por encima de cualquier otra cosa, pues sin ello simplemente no somos nada.
El pene, la verga, la reata o de una manera más elegante (y por supuesto con sus connotaciones teórico científicas) el falo, ha sido homenajeado, representado por medio de esculturas, se convirtió en uno de los elementos sine cuan non de la teoría freudiana del psicoanálisis, en fin, que le hemos dado un valor que no se le ha concedido a prácticamente ninguna otra parte de nuestro cuerpo.
Este valor tiene que ver por supuesto con cómo es que entendemos el ejercicio de la sexualidad. Así, entendemos que tener un encuentro sexual es poner en contacto nuestro pene con algún elemento de estimulación: el ano de alguien, su boca o simplemente su lengua, su mano, o alguno de sus contornos. ¿a quién se le ocurriría algo así como un faje en el que no se estimulara directamente al pene? prácticamente a nadie. Aún quien es penetrado se espera que tenga una gran erección de donde emerja un indiscreto chorro blanco, que demuestre que quien lo penetró lo hizo con una pericia sin igual.
Una anécdota graciosa me sucedió hace no mucho tiempo. Conocí a un tipo que me resultó muy atractivo. Estuvimos platicando un buen rato y nos agradamos hasta que llegamos a la fatídica pregunta ¿eres activo o pasivo? La constatación de que ambos éramos pasivos llevó a una crisis el encuentro. Tratando de salvar la situación le dije “deberíamos aprender de la sexualidad entre lesbianas, quienes no necesitan tener un pene para disfrutar un encuentro hasta alcanzar el orgasmo” Creo que para el otro hubiera sido menos malo que me hubiera quedado callado. Me vio de una manera semejante a como en la Edad Media los inquisidores deben haber visto a los blasfemos. Creo que no necesito decir que nunca volví a hablar con ese tipo.
A pesar de que esa fue una ocurrencia del momento, la frase se me quedó en la cabeza y me puse a recordar algunos momentos importantes de mi vida sexual. Recuerdo particularmente una ocasión, la más sorprendente que pueda recordar. En una ocasión conocí a un tipo en un sauna público. Éramos solamente él y yo en ese sitio, nadie más. Un tipo con un rostro común pero con un cuerpo que me pareció el más maravilloso que había visto en mi vida. Lo estuve observando un muy buen rato antes de que pudiéramos tener un acercamiento. Al fin en el vapor, y sin mediar una palabra, nos estuvimos besando un muy buen rato, sólo eso, parados los dos, recorriendo nuestros pechos y espaldas con las manos hasta que ambos llegamos a un orgasmo delicioso (bueno como suelen ser los orgasmos) A los pocos minutos, salió se dio un recaderazo y se fue. Ni una palabra, ni un nombre, nada. Sólo me queda de recuerdo la suavidad de su piel, la sensación de mis manos recorriendo su pecho, sentir los músculos de sus brazos. Ni siquiera su rostro quedó en mi memoria. Solamente la sensación de éxtasis mientras nuestras bocas se fundían en esos besos que durante varios minutos nos estuvimos dando. No nos masturbamos mutuamente, no exploramos nuestros respectivos anos, no. Solamente fue la excitación de sentirnos uno en los brazos del otro, de sentir nuestros besos, de sentirnos que estábamos con otro hombre que nos hacia sentir verdaderamente excitados.
Por supuesto esta puede parecer una situación muy particular y fortuita, bla, bla, bla. Sin embargo, me hace constatar que las sensaciones más placenteras se construyen en primer lugar y antes que en ningún otro en nuestra mente. A partir de que vemos a alguien que nos gusta, que nos hace sentir excitados, ya empieza el proceso que podrá desencadenar un maravilloso orgasmo. Ni siquiera se nos ha acercado, ni siquiera nos ha tocado y ya nos sentimos de esa manera. El contacto sobre nuestro cuerpo, sobre las partes más sensibles de él, sólo es digamos la continuación de un proceso que como vimos empezó previamente.
Un contacto con alguien que nos hace sentirnos de esta manera y con alguien que no nos agrada, hace que podamos valorar la importancia de lo simbólico, de lo subjetivo que encarna ello. Si no me gusta el sujeto podrá tocar mis partes más sensibles y no logrará la menor excitación.
Así, hay una serie de circunstancias que tienen que ver con esos elementos subjetivos que hay que seguir valorando pues sólo hemos visto un pequeñísimo punto de esa reflexión.
Continuará…
No hay comentarios:
Publicar un comentario