
El miedo por supuesto que es un sentimiento que la mayoría hemos experimentado. Le tenemos miedo al dolor, a la muerte, a una guerra, a ser agredidos, entre muchas otras cosas. El miedo suele estar justificado de alguna manera, pues podemos ver a un sujeto armado o podemos ver objetivamente una fuente de peligro que nos atemoriza, y el miedo sirve para protegernos de realizar una imprudencia que nos lleve directamente a sufrir alguna clase de daño.
Sin embargo hay otras formas de temor y tienen que ver con cosas que no vemos, que no percibimos, pero que hemos incorporado en nuestro esquema de pensamiento, y nos causan temor. Los fantasmas por ejemplo, a mucha gente le causan temor, a pesar de no haberlos visto nunca, el menor ruido se vuelve causa de aprensión, y temen que eventualmente se les aparezca alguno. Y con ello podemos encontrar el miedo al diablo, al infierno, a los duendes, a lo desconocido.
En este último asunto me quiero detener: el miedo a lo desconocido. Es uno de los más irracionales y por supuesto injustificado de los temores. Cuando le preguntamos a alguien por alguno de estos temores, seguramente nos contestará que no sabe a qué, pero que le da miedo. Estos temores nos suelen paralizar, evitar que hagamos algo importante o simplemente que perdamos una maravillosa oportunidad en la vida sólo porque nos dio miedo.
Esto lo quiero conducir, por supuesto, hacia el análisis de las razones por las cuales las relaciones humanas no se dan, o lo hacen dando tumbos. Así, mucha gente no establece una relación por miedo a ser mal interpretados, por miedo a que “se clave” el otro, a sufrir, a enamorarse y que el otro no lo haga, en fin, estamos llenos de temores que afectan la posibilidad de construir relaciones sanas, interesantes, ricas en cariño.
Para mucha gente ese temor hace que se mantengan distantes, que eviten involucrarse, que no opinen acerca de algún asunto personal, pues temen después verse demasiado involucrados para poder escapar. Son quienes pueden ver que sufres un accidente y fingen no haberse dado cuenta, o quienes al ver tu rostro angustiado te hablan del clima pues no quieren enterarse de tus problemas. De lo que se trata es del temor a verse involucrados. Sin duda es un temor válido pues no podríamos estar al pendiente de toda la gente que nos rodea.
Es por ello que seleccionamos a aquellos con los que estamos dispuestos a involucrarnos: quizás a un vecino no le preguntemos si tiene algún problema, pero si lo hagamos con un amigo, cuando notamos algún cambio en su actitud.
Esos temores en algún momento han afectado mi vida. Por ejemplo cuando evito acercarme a un sujeto que me gusta mucho por temor al rechazo. Cuando temo decir algo inconveniente y me mantengo callado ante algo que me debiera hacer gritar. Pero también me ha afectado que otros sientan temor ante mí. Entre mis alumnos por ejemplo he sabido que muchos me temen tanto por mi carácter como por mi actitud, en la que se evidencia que no soy un sujeto manso. Ello mismo ha llevado a algunas gentes muy interesantes a buscarme, pues intuyen que podemos construir amistades valiosas.
En fin, hay cosas en las que me gusta subirme a la montaña rusa. Hay otras, como el amor, que sé que perdura precisamente porque no es la montaña rusa, pero tampoco es un páramo en el que nada suceda. Finalmente me gusta darle intensidad a mis relaciones, de otra manera moriría del aburrimiento. Creo que lo peor que me puede suceder es tenerle miedo a las relaciones, a involucrarme con alguien que verdaderamente vale la pena. Por ello estoy dispuesto a lanzarme para conseguir establecer un afecto. Pocas veces retrocedo, sólo cuando hay una resistencia demasiado fuerte para mi propio interés o cuando me doy cuenta de que realmente no valía la pena. Afortunadamente estás ocasiones han sido muy pocas.
Ahora estoy dispuesto al siguiente salto en paracaídas, no sé a dónde caeré pero salto tranquilo después de dejar atrás lo que no valió la pena, y de haber rescatado la maravillosa amistad de B.
No hay comentarios:
Publicar un comentario