
Que difícil resulta a veces poder conciliar nuestros sentimientos y los actos cotidianos, sobre todo porque al ir conociendo y tratando a las personas es posible que desarrollemos eso que le llamamos apego. Es algo maravilloso pero que conlleva ciertos riesgos, principalmente porque cuando hablamos de sentimientos es necesario que consideremos, al menos, a dos individuos involucrados en el asunto, independientemente de lo que cada uno sienta por el otro.
La Real Academia de la Lengua lo define como una afición o una inclinación hacia alguien. Nos volvemos aficionados a alguien o nos sentimos inclinados hacia esa persona, pero la mayoría de nosotros sabemos que en cuestión de sentimientos, las probabilidades de que encontremos a alguien que comparta más o menos los mismos con nosotros son bastante bajas. Regularmente hay al menos un cierto desfase entre los de uno y otro, lo que suele volver complicadas las relaciones.
Por otro lado, no hay que perder de vista que muchas de las reglas de cortejo las tenemos profundamente introyectadas y marcan precisamente la posibilidad de tender ese lazo entre las partes. Cualquiera ha aprendido que no es bueno demostrar demasiado interés por el otro, que es bueno darse un poco a desear, que no es bueno que el otro se dé cuanta de que nos derretimos por él, pues seguramente lo único que lograremos es que simplemente seamos tratados con desdén. No voy a hacer un recuento de todas las posibilidades que se presentan a partir de la expresión misma de los afectos, simplemente quiero señalar a partir de estos muy breves ejemplos, que el querer a una persona no es un asunto sencillo y muchas veces implica que no sólo pongamos nuestro corazón sino también nuestra cabeza para lograr que eso que hemos sentido pueda, en el futuro germinar y crecer. Evidentemente no siempre somos capaces de llevar esos sentimientos hacia donde nos propusimos inicialmente, pero la sola existencia de un afecto compartido, del tipo que sea, es suficiente motivo para que pongamos todo nuestro esfuerzo en ello.
Cotidianamente encuentro pruebas de lo valiosas que son esas relaciones. El sólo hecho de un saludo afectuoso hace que valga la pena el esfuerzo puesto para construir esos afectos maravillosos.
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