Es curioso esto que a tantos hombres les molesta, les pone nerviosos, les irrita. El afeminamiento. ¿Porqué a la mayoría le molesta tanto?
Todos los que somos gay sabemos que eso no tiene que ver necesariamente con la preferencia y sin embargo muchos se siguen sacando de onda y exigen que los sujetos con los que se relacionan no tengan nada de afeminados.
En realidad creo que tenemos temor de encontrarnos con nosotros mismos, encontrarnos con las exigencias de masculinidad que durante la infancia y la adolescencia escuchamos de los más diversos sujetos a nuestro alrededor y que incorporamos a nuestro subconsciente.
Quizás el darnos chance de reconocer esas partes femeninas que no queremos ver en nosotros mismos nos permitiría empezar a disfrutar de muchas cosas que siempre hemos querido tener pero que nos hemos negado ante el temor al rechazo.
Como la demostración de la afectividad, el poder abrazar a un amigo, pero no con palmadas fuertes y bruscas de los bugas, sino sintiendo su pecho, acariciando su espalda, deteniéndose en el cabello. Eso que nos morimos de ganas de hacer pero que no nos damos el menor permiso.
Como poder llorar, sin motivo aparente, suavemente, sintiendo las lagrimas que corren en nuestras mejillas, simplemente porque vimos un hermoso atardecer, porque nos conmovimos con una película, porque vimos una escena dramática de la vida cotidiana.
Y hay muchas otras cosas que nos gustan hacer pero que nuestro entorno considera como demasiado femeninas o como formas de afeminarnos y entonces, como somos bien hombrecitos, nos negamos esa oportunidad.
Yo les invito a que no lo hagan, a que se den esa oportunidad, a que disfrutemos nuestra parte femenina.
Todos los que somos gay sabemos que eso no tiene que ver necesariamente con la preferencia y sin embargo muchos se siguen sacando de onda y exigen que los sujetos con los que se relacionan no tengan nada de afeminados.
En realidad creo que tenemos temor de encontrarnos con nosotros mismos, encontrarnos con las exigencias de masculinidad que durante la infancia y la adolescencia escuchamos de los más diversos sujetos a nuestro alrededor y que incorporamos a nuestro subconsciente.
Quizás el darnos chance de reconocer esas partes femeninas que no queremos ver en nosotros mismos nos permitiría empezar a disfrutar de muchas cosas que siempre hemos querido tener pero que nos hemos negado ante el temor al rechazo.
Como la demostración de la afectividad, el poder abrazar a un amigo, pero no con palmadas fuertes y bruscas de los bugas, sino sintiendo su pecho, acariciando su espalda, deteniéndose en el cabello. Eso que nos morimos de ganas de hacer pero que no nos damos el menor permiso.
Como poder llorar, sin motivo aparente, suavemente, sintiendo las lagrimas que corren en nuestras mejillas, simplemente porque vimos un hermoso atardecer, porque nos conmovimos con una película, porque vimos una escena dramática de la vida cotidiana.
Y hay muchas otras cosas que nos gustan hacer pero que nuestro entorno considera como demasiado femeninas o como formas de afeminarnos y entonces, como somos bien hombrecitos, nos negamos esa oportunidad.
Yo les invito a que no lo hagan, a que se den esa oportunidad, a que disfrutemos nuestra parte femenina.
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